Conferencia dada en Madrid el 27 de junio en el hotel Wellington, auspiciada por Unión del Pueblo cubano, presidenta Elena Larrinaga.
Moderó: Zoé Valdés.
Conferencistas: José Miguel G. Lombardía. Abogado del Estado, Notario de Madrid. Conferencia: Estado Democrática, derechos fundamentales y economía de mercado: las bases para el desarrollo económico.
Ángel J. Sánchez Navarro. Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Complutense. Conferencia: Principios esenciales de un sistema democrático.
Rafael Rubio. Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense. Presidente de la Asociación española Cuba en Transición. Conferencia: El futuro jurídico de Cuba. El papel de los juristas en la sociedad. Cuba: Un estado totalitario.
A continuación mi conferencia:
UN DÍA, LA LIBERTAD.
Zoé Valdés.
¿Cómo seré yo cuando pueda vivir libremente en mi país? ¿Cómo serán los otros? Me refiero a todos los cubanos.
¿Qué podrá emocionarme? ¿De qué podré escribir? ¿Mi memoria estará todavía tan ocupada con el pasado? ¿Seguiré tan preocupada con el presente? Ahora, como escritora, mi país es mi idioma, en él me refugio, a él me aferro. Mañana ¿podré regresar sin que me ocurra lo que en el poema de Constatino Kavafis, me hallaré perdida para siempre, y sucederá que mi Itaca ya no será nunca más la misma?
Cuando vivía en la isla sólo pensaba en las librerías del mundo, en los libros prohibidos. Para mí, leer prohibido era sobrevivir, en un espacio clandestino, en un trozo de libertad. Hoy sólo pienso en mi barrio, en el mar, en el sufrimiento de la gente, en todo eso que es mi país, tan entrañable, tan destruido.
Soy de las que piensa que la gente se acostumbrará a toda velocidad a los cambios, porque andarán inmersos en de los cambios mismos; pero también intuyo que las secuelas psicológicas, las averías mentales provocadas por el castrismo durante casi ya cincuenta años, perdurarán, nos estancarán por mucho tiempo en el proceso de reconstrucción interior..
Recuerdo el día en que más miedo he tenido de mi misma, ocurrió a finales de los '80, aún dentro de Cuba, de súbito me di cuenta de que me había vuelto apática, totalmente indiferente, que nada me interesaba, nada, ni siquiera vivir. Que no creía en nada ni en nadie. Me sentí absolutamente amoral, y capaz de matarme. Después, comenté esto con otros amigos, que de alguna manera habían experimentado el mismo estado de apatía, de horror vacui. Llegué a la conclusión, años después, de que eso nos sucedía porque solamente habíamos conocido la maldad, la manipulación moral, el doble lenguaje, la miseria espiritual que impone el comunismo.
¿De qué servía ser educado si a los comunistas les iba la vulgaridad como anillo al dedo, o sea como proyecto de vida colectivo? El “usted” desapareció, todo el mundo se tuteaba, la jarana se transformó en falta de respeto; las palabras “amigo” y “esposo”, fueron reemplazadas por “compañero”, sólo cito ejemplos fáciles. ¿Para qué cultivarse si aprendiendo de memoria dos o tres discursos ya podías entrar en el mundillo de la alta sociedad castrense?
Leer diferente era resistir, formaba y forma parte de una resistencia pasiva, por supuesto. Leíamos de la biblioteca itinerante, libros prohibidos que viajaban de mano en mano de una punta a otra de la isla. Los copiábamos a lápiz, en grupo, capítulo a capítulo, para no perder su contenido. Pero no pudimos impedir que el castrismo empobreciera el alma, apabullara el idioma, sencillamente porque machacó el pensamiento de cuatro generaciones. El aburrimiento se instaló en nosotros, lo hijos de la revolución, los condenados a ser mortalmente felices.
¿De qué felicidad me hablaban? Yo no conocía otra cosa que la escasez de todo, fíjense, que aún digo escasez, en lugar de pobreza, que es como se llamaría en cualquier otra parte del mundo a vivir en un cuarto de un solar de La Habana Vieja, sin agua, con poca electricidad, con cocina de luz brillante; asmática y sin medicamentos. Poseía el vestido de andar que planchado y limpio era el de salir, más el uniforme de la escuela con la pañoleta de pionera comunista. Comía chícharos al mediodía y cenábamos chícharos, me iba la mitad del mes sin desayunar para la escuela, también nos quitaron la merienda.
No poseíamos más que la libreta de racionamiento y poco dinero para juguetes, tuve en catorce años 54 objetos que los castristas llamaban juguetes, soldaditos de plomo, patines soviéticos, en el mejor de los casos... el básico, el no básico y el dirigido.
Mi madre siempre estaba “arrancá”, con el salario del mes había que hacer malabarismos, no teníamos dinero para ningún tipo de recreación ni vacaciones.
Pese a esta realidad, que sintetizo, trabajé durante seis años en las escuelas al campo y en el campo, con los pies descalzos, bajo frío que pela en las madrugadas, y calor que abrasa en pleno mediodía, bajo torrenciales aguaceros y ciclones. Trabajámos por nada, o sí, a cambio de estudios dirigidos política e ideológicamente.
Estábamos castigados perennemente a ver cine dirigido, teatro dirigido, a escuchar música dirigida; dirigidos por un único pensamiento, el del Partido Comunista, pero ¿para qué seguir con esta candanga? Ninguno de los aquí presentes ignora lo que ha sucedido y aún sucede en Cuba.
Hace poco vi la película alemana La vida de los otros, lloré de principio a fin, porque todo eso lo hemos sufrido en Cuba. Recordé cuando conocí a Ricardo Vega, la primera vez que fue a mi casa, ya él pertenecía al grupo disidente ARDE, Arte y Derecho; a los pocos minutos de acabar la visita, la jefa de vigilancia vino a pedirme un informe sobre el cineasta.
Todo el mundo pedía informes sobre todo el mundo. El agente de la seguridad del ICAIC, el “seguroso” me pedía informes sobre Alfredo Guevara. Alfredo Guevara sobre Raúl Rivero. El “seguroso” de Cultura sobre Pedro Almodóvar, y así de suite.
Cuando mi segundo esposo murió en un accidente de avión vinieron a pedirme si quería trabajar para ellos, aprovechaban de este modo la fragilidad en que me hallaba en aquel momento. Dije que no. No sé cómo pude escapar siempre en tablitas, me hice la loca literalmente, porque además, siempre fui clara, sincera: A la jefa de vigilancia le pregunté, sarcásticamente, cuál posición erótica prefería que le describiera. Al “seguroso” del ICAIC, después de alfabetizarlo sobre el postmodernismo, mostrarle películas de Akira Kurosawa y de Peter Greneway, para que además alcanzara un nivel cultural y para colmo pudiera censurar de manera adecuada mi trabajo en la revista que yo subdirigía: Cine Cubano, le contesté que lo que necesitaba saber sobre Alfredo Guevara que lo averiguara con él, y acto seguido le pregunté si no le bastaba con el informe de los chóferes del presidente del Instituto de Cine. A Alfredo Guevara, por otra parte, ya esto lo he dicho antes, cuando me pidió que asistiera a una lectura de Raúl Rivero en la calle Obispo durante un Sábado del Libro para que yo le contara con pelos y señales de lo que allí hablaría el poeta, le respondí que sólo se había hablado de poesía, lo que era absolutamente cierto. Al “seguroso” del Ministerio de Cultura, le sugerí, irónicamente, las más brillantes críticas y eminentes ensayos sobre cine, publicados por Cahier du cinéma, pero, para leerlos, primero debía aprender francés.
Comprendo que algunos, deseando vivir mejor, se dieron y se dan a la tarea de delatar, de redactar informes, sólo para conseguir el apartamentito, el automóvil, la datcha, el viajecito al extranjero, entre otras prebendas con las que chantajea el comunismo. Yo dormí hasta los diecinueve años en la misma cama personal con mi madre, jamás acepté que me atribuyeran nada, pero tampoco puedo juzgar a nadie, no se trata de armar el futuro con inquina.
El pensador francés Raymond Aron denominó el marxismo como “el opio de los intelectuales”, me imagino que pensaba en una gran mayoría de sus compatriotas. Yo nunca chupé de ese narguile, primero, porque en Cuba no tienes tiempo de creerte un intelectual, sobre todo si eres mujer; y cuando te lo crees, te conviertes en altamente peligroso no sólo para los demás, sobre todo para ti mismo. Entonces, el miedo con sus múltiples caras devora el alma, lo que escribes se te convierte en embaraje hermético, y debes recurvar sobre tus principios en un giro de mil grados, colocarte muy por debajo de tus aspiraciones. He visto gente muy buena volverse zafia, egoísta, perecer en el intento de salir ileso, agonizar de ira contenida, o explotar y morir.
La revolución sirvió para que nos quedáramos sin nada, los campesinos sin tierra, la gente sin trabajo, sin libertad. El dinero perdió el valor. Existían y existen los gloriosos criminales y los que presenciaban y presencian el crimen porque no les quedaba otro remedio. Aplaudir con ira era la orden. Apisonar a los presos, a los muertos, que nadie quiere mencionar. Nos inocularon el terror a la palabra, la fascinación por el estado de sitio permanente. Ser libre silenciosamente significa ser traidor, sospechoso como mínimo.
Muy pronto la gente empezó a odiar con ron, a odiar con rumba, a odiar con roña. Yo quise salvarme, de la ausencia de honradez, de la congoja, de la crueldad, de la vergüenza. Por eso me exilé. No veía por ningún lado el futuro para mi hija, ese futuro que había sido el de mi madre para mí, y que ahora era un presente sin sueños, y por el que se desbarató las manos y el hígado mi familia, jorobada en un surco, cortando caña, desenterrando papas, cargando en hombros cujes de hojas de tabaco, recogiendo tomates que luego no podían comer. En fin, todo lo que me tocó a mí también hacer, en el trabajo “voluntario” obligado.
Pero antes de decidir irme con 35 años, fui joven. La apatía para ese entonces se había vuelto revolucionaria, masivamente. Una gran cantidad de muchachos nos volvimos apáticos, nuestra resistencia consistía en decidir que nada valdría la pena, nada de nada. Aún así, pensábamos que con el arte de la indiferencia podríamos tumbar a la dictadura. Ignorábamos los horrores cometidos en nombre de la patria, ignorábamos casi todo porque la información es poder, y el único que podía acaparar toda la información era Fidel Castro, sus secuaces conocían a medias, el pueblo nada. Los jóvenes intuíamos, soñábamos con el único sistema que le ha servido al hombre, el capitalismo; pero ya estábamos demasiado apáticos, y sabíamos que ni siquiera el arte aliviaría el sufrimiento.
Hace poco un cineasta inglés a quien admiro y respeto, me confesó que él había sido muy de izquierdas porque quería destruir el capitalismo con el comunismo, que el proyecto no era tan malo... Me dio pena contestarle pero lo hice sin vacilar: “Tampoco era tan bueno cuando no pudieron lograr sus objetivos.” Sonreímos tristes.
Me honra moderar esta mesa, me honra convocar temas con los que soy muy sensible, con ustedes, especialistas solidarios de nuestro dolor. Yo fui una joven que me creía audaz, y hoy soy una mujer madura, que vive su exilio de la mejor manera posible, sin olvidar, intentando reconstruir mi mundo y construirle uno a mi hija, soñando que un día, la libertad y la democracia nos reabrirán las puertas.
Muchas gracias.
(Foto José Armando Rodríguez)
Moderó: Zoé Valdés.
Conferencistas: José Miguel G. Lombardía. Abogado del Estado, Notario de Madrid. Conferencia: Estado Democrática, derechos fundamentales y economía de mercado: las bases para el desarrollo económico.
Ángel J. Sánchez Navarro. Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Complutense. Conferencia: Principios esenciales de un sistema democrático.
Rafael Rubio. Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense. Presidente de la Asociación española Cuba en Transición. Conferencia: El futuro jurídico de Cuba. El papel de los juristas en la sociedad. Cuba: Un estado totalitario.
A continuación mi conferencia:
UN DÍA, LA LIBERTAD.
Zoé Valdés.
¿Cómo seré yo cuando pueda vivir libremente en mi país? ¿Cómo serán los otros? Me refiero a todos los cubanos.
¿Qué podrá emocionarme? ¿De qué podré escribir? ¿Mi memoria estará todavía tan ocupada con el pasado? ¿Seguiré tan preocupada con el presente? Ahora, como escritora, mi país es mi idioma, en él me refugio, a él me aferro. Mañana ¿podré regresar sin que me ocurra lo que en el poema de Constatino Kavafis, me hallaré perdida para siempre, y sucederá que mi Itaca ya no será nunca más la misma?
Cuando vivía en la isla sólo pensaba en las librerías del mundo, en los libros prohibidos. Para mí, leer prohibido era sobrevivir, en un espacio clandestino, en un trozo de libertad. Hoy sólo pienso en mi barrio, en el mar, en el sufrimiento de la gente, en todo eso que es mi país, tan entrañable, tan destruido.
Soy de las que piensa que la gente se acostumbrará a toda velocidad a los cambios, porque andarán inmersos en de los cambios mismos; pero también intuyo que las secuelas psicológicas, las averías mentales provocadas por el castrismo durante casi ya cincuenta años, perdurarán, nos estancarán por mucho tiempo en el proceso de reconstrucción interior..
Recuerdo el día en que más miedo he tenido de mi misma, ocurrió a finales de los '80, aún dentro de Cuba, de súbito me di cuenta de que me había vuelto apática, totalmente indiferente, que nada me interesaba, nada, ni siquiera vivir. Que no creía en nada ni en nadie. Me sentí absolutamente amoral, y capaz de matarme. Después, comenté esto con otros amigos, que de alguna manera habían experimentado el mismo estado de apatía, de horror vacui. Llegué a la conclusión, años después, de que eso nos sucedía porque solamente habíamos conocido la maldad, la manipulación moral, el doble lenguaje, la miseria espiritual que impone el comunismo.
¿De qué servía ser educado si a los comunistas les iba la vulgaridad como anillo al dedo, o sea como proyecto de vida colectivo? El “usted” desapareció, todo el mundo se tuteaba, la jarana se transformó en falta de respeto; las palabras “amigo” y “esposo”, fueron reemplazadas por “compañero”, sólo cito ejemplos fáciles. ¿Para qué cultivarse si aprendiendo de memoria dos o tres discursos ya podías entrar en el mundillo de la alta sociedad castrense?
Leer diferente era resistir, formaba y forma parte de una resistencia pasiva, por supuesto. Leíamos de la biblioteca itinerante, libros prohibidos que viajaban de mano en mano de una punta a otra de la isla. Los copiábamos a lápiz, en grupo, capítulo a capítulo, para no perder su contenido. Pero no pudimos impedir que el castrismo empobreciera el alma, apabullara el idioma, sencillamente porque machacó el pensamiento de cuatro generaciones. El aburrimiento se instaló en nosotros, lo hijos de la revolución, los condenados a ser mortalmente felices.
¿De qué felicidad me hablaban? Yo no conocía otra cosa que la escasez de todo, fíjense, que aún digo escasez, en lugar de pobreza, que es como se llamaría en cualquier otra parte del mundo a vivir en un cuarto de un solar de La Habana Vieja, sin agua, con poca electricidad, con cocina de luz brillante; asmática y sin medicamentos. Poseía el vestido de andar que planchado y limpio era el de salir, más el uniforme de la escuela con la pañoleta de pionera comunista. Comía chícharos al mediodía y cenábamos chícharos, me iba la mitad del mes sin desayunar para la escuela, también nos quitaron la merienda.
No poseíamos más que la libreta de racionamiento y poco dinero para juguetes, tuve en catorce años 54 objetos que los castristas llamaban juguetes, soldaditos de plomo, patines soviéticos, en el mejor de los casos... el básico, el no básico y el dirigido.
Mi madre siempre estaba “arrancá”, con el salario del mes había que hacer malabarismos, no teníamos dinero para ningún tipo de recreación ni vacaciones.
Pese a esta realidad, que sintetizo, trabajé durante seis años en las escuelas al campo y en el campo, con los pies descalzos, bajo frío que pela en las madrugadas, y calor que abrasa en pleno mediodía, bajo torrenciales aguaceros y ciclones. Trabajámos por nada, o sí, a cambio de estudios dirigidos política e ideológicamente.
Estábamos castigados perennemente a ver cine dirigido, teatro dirigido, a escuchar música dirigida; dirigidos por un único pensamiento, el del Partido Comunista, pero ¿para qué seguir con esta candanga? Ninguno de los aquí presentes ignora lo que ha sucedido y aún sucede en Cuba.
Hace poco vi la película alemana La vida de los otros, lloré de principio a fin, porque todo eso lo hemos sufrido en Cuba. Recordé cuando conocí a Ricardo Vega, la primera vez que fue a mi casa, ya él pertenecía al grupo disidente ARDE, Arte y Derecho; a los pocos minutos de acabar la visita, la jefa de vigilancia vino a pedirme un informe sobre el cineasta.
Todo el mundo pedía informes sobre todo el mundo. El agente de la seguridad del ICAIC, el “seguroso” me pedía informes sobre Alfredo Guevara. Alfredo Guevara sobre Raúl Rivero. El “seguroso” de Cultura sobre Pedro Almodóvar, y así de suite.
Cuando mi segundo esposo murió en un accidente de avión vinieron a pedirme si quería trabajar para ellos, aprovechaban de este modo la fragilidad en que me hallaba en aquel momento. Dije que no. No sé cómo pude escapar siempre en tablitas, me hice la loca literalmente, porque además, siempre fui clara, sincera: A la jefa de vigilancia le pregunté, sarcásticamente, cuál posición erótica prefería que le describiera. Al “seguroso” del ICAIC, después de alfabetizarlo sobre el postmodernismo, mostrarle películas de Akira Kurosawa y de Peter Greneway, para que además alcanzara un nivel cultural y para colmo pudiera censurar de manera adecuada mi trabajo en la revista que yo subdirigía: Cine Cubano, le contesté que lo que necesitaba saber sobre Alfredo Guevara que lo averiguara con él, y acto seguido le pregunté si no le bastaba con el informe de los chóferes del presidente del Instituto de Cine. A Alfredo Guevara, por otra parte, ya esto lo he dicho antes, cuando me pidió que asistiera a una lectura de Raúl Rivero en la calle Obispo durante un Sábado del Libro para que yo le contara con pelos y señales de lo que allí hablaría el poeta, le respondí que sólo se había hablado de poesía, lo que era absolutamente cierto. Al “seguroso” del Ministerio de Cultura, le sugerí, irónicamente, las más brillantes críticas y eminentes ensayos sobre cine, publicados por Cahier du cinéma, pero, para leerlos, primero debía aprender francés.
Comprendo que algunos, deseando vivir mejor, se dieron y se dan a la tarea de delatar, de redactar informes, sólo para conseguir el apartamentito, el automóvil, la datcha, el viajecito al extranjero, entre otras prebendas con las que chantajea el comunismo. Yo dormí hasta los diecinueve años en la misma cama personal con mi madre, jamás acepté que me atribuyeran nada, pero tampoco puedo juzgar a nadie, no se trata de armar el futuro con inquina.
El pensador francés Raymond Aron denominó el marxismo como “el opio de los intelectuales”, me imagino que pensaba en una gran mayoría de sus compatriotas. Yo nunca chupé de ese narguile, primero, porque en Cuba no tienes tiempo de creerte un intelectual, sobre todo si eres mujer; y cuando te lo crees, te conviertes en altamente peligroso no sólo para los demás, sobre todo para ti mismo. Entonces, el miedo con sus múltiples caras devora el alma, lo que escribes se te convierte en embaraje hermético, y debes recurvar sobre tus principios en un giro de mil grados, colocarte muy por debajo de tus aspiraciones. He visto gente muy buena volverse zafia, egoísta, perecer en el intento de salir ileso, agonizar de ira contenida, o explotar y morir.
La revolución sirvió para que nos quedáramos sin nada, los campesinos sin tierra, la gente sin trabajo, sin libertad. El dinero perdió el valor. Existían y existen los gloriosos criminales y los que presenciaban y presencian el crimen porque no les quedaba otro remedio. Aplaudir con ira era la orden. Apisonar a los presos, a los muertos, que nadie quiere mencionar. Nos inocularon el terror a la palabra, la fascinación por el estado de sitio permanente. Ser libre silenciosamente significa ser traidor, sospechoso como mínimo.
Muy pronto la gente empezó a odiar con ron, a odiar con rumba, a odiar con roña. Yo quise salvarme, de la ausencia de honradez, de la congoja, de la crueldad, de la vergüenza. Por eso me exilé. No veía por ningún lado el futuro para mi hija, ese futuro que había sido el de mi madre para mí, y que ahora era un presente sin sueños, y por el que se desbarató las manos y el hígado mi familia, jorobada en un surco, cortando caña, desenterrando papas, cargando en hombros cujes de hojas de tabaco, recogiendo tomates que luego no podían comer. En fin, todo lo que me tocó a mí también hacer, en el trabajo “voluntario” obligado.
Pero antes de decidir irme con 35 años, fui joven. La apatía para ese entonces se había vuelto revolucionaria, masivamente. Una gran cantidad de muchachos nos volvimos apáticos, nuestra resistencia consistía en decidir que nada valdría la pena, nada de nada. Aún así, pensábamos que con el arte de la indiferencia podríamos tumbar a la dictadura. Ignorábamos los horrores cometidos en nombre de la patria, ignorábamos casi todo porque la información es poder, y el único que podía acaparar toda la información era Fidel Castro, sus secuaces conocían a medias, el pueblo nada. Los jóvenes intuíamos, soñábamos con el único sistema que le ha servido al hombre, el capitalismo; pero ya estábamos demasiado apáticos, y sabíamos que ni siquiera el arte aliviaría el sufrimiento.
Hace poco un cineasta inglés a quien admiro y respeto, me confesó que él había sido muy de izquierdas porque quería destruir el capitalismo con el comunismo, que el proyecto no era tan malo... Me dio pena contestarle pero lo hice sin vacilar: “Tampoco era tan bueno cuando no pudieron lograr sus objetivos.” Sonreímos tristes.
Me honra moderar esta mesa, me honra convocar temas con los que soy muy sensible, con ustedes, especialistas solidarios de nuestro dolor. Yo fui una joven que me creía audaz, y hoy soy una mujer madura, que vive su exilio de la mejor manera posible, sin olvidar, intentando reconstruir mi mundo y construirle uno a mi hija, soñando que un día, la libertad y la democracia nos reabrirán las puertas.
Muchas gracias.
(Foto José Armando Rodríguez)
