Flaubert y Zaya
Firmas Por J. J. Armas Marcelo.
29 de septiembre de 2007 -
Como hacía un calor de treinta y tres grados, el Boulevard Bourdon estaba absolutamente desierto.» Así comienza Bouvard y Pécuchet, la novela de Flaubert publicada en 1881, un año después de su muerte en Croisset. Y allí, delante del banco en el que hablan los dos protagonistas flaubertianos en la novela, estábamos esa noche de París Ricardo Vega, Zoé Valdés, Anne-Marie Vallat y yo mismo. Habíamos estado cenando en el exclusivo 1728, restaurante que fue la casa de Lafayette, a la espalda del Elíseo, en la Rue d? Anjou, y nos despedíamos delante mismo del lugar donde vive el matrimonio Vega-Valdés. De repente, mientras hablábamos en esa noche tranquila de París, sentí que me tocaban por detrás, suavemente, en el hombro izquierdo. Me inquieté, y miré hacia atrás para ver quién me saludaba en París a esas horas bien entradas de la noche. No encontré a nadie, pero seguía sintiendo el recuerdo en el hombro izquierdo. «Yo también lo vi», dijo Ricardo Vega, «...como una línea muy suave que vino del cielo...», añadió.
Me sonreí, pero inmediatamente Zoé Valdés dio la primera solución literaria al enigmático saludo de lo invisible. «Es Flaubert, J. J., te tocó Flaubert, ten en cuenta que aquí mismo (y señaló el banco cercano) comienza Bouvard y Pécuchet.» Me fui muy contento esa noche a mi hotel del nuevo Chinatown parisino, por encima de la Place d?Italy, pero a media mañana del día siguiente, mi hermana me llamó desde Canarias para darme la mala noticia: Antonio Zaya había muerto en un hospital de Gerano. «¿Cuándo murió?», pregunté apesadumbrado. «Ayer por la noche», me contestó mi hermana. Y entonces me di cuenta de que el saludo de Flaubert la noche anterior era más bien la despedida de Antonio Zaya, que me avisaba de su muerte a escasos dos metros de una geografía flaubertiana tan literaria.
«¡No me ataquen, que somos dos!», proclamaba Antonio Zaya en plena juventud, cuando alguna polémica cultural amenazaba con llevárselo por delante. En efecto, eran dos, gemelos, gimaguas, casi exactos, Antonio y Octavio. Por eso, cuando eran niños revoltosos que se convirtieron muy pronto en jóvenes anarcoides y llenos de inquietud intelectual, los llamaba Zipi y Zape todo el mundo en la Universidad de La Laguna. Antonio se quedó entre Canarias y la Península, como un vagabundo de las islas, y Octavio se fue, hace más de un cuarto de siglo, a Nueva York, donde reside desde entonces.
De Antonio Zaya recuerdo tantas cosas que a veces he pensado en hacer sobre su personalidad un relato corto que tradujera su gusto por el surrealismo y por la provocación constante. Como Peter Pan, nunca se hizo mayor porque no le dio la gana y siguió viviendo en la viñeta de una libertad que le permitía carcajearse a mandíbula errante cada vez que le venía en gana. Durante un tiempo, viajó a Cuba y terminó por «hacerse santo», anduvo implacablemente vestido de blanco por cualquier lugar que visitaba y lo miraba todo con la distancia de quien intuye que no va a durar mucho en este mundo. De modo que su vida estuvo siempre guiada por el motor de la modernidad, al borde del abismo de la muerte, con la que coqueteó voluntariamente cuando apenas era un adolescente.
Tenía, estoy convencido, un ángel de la guarda que lo salvaba de todos los peligros en los que se metía por pura diversión, el mismo ángel que, exhausto, se lo habrá llevado al firmamento desde donde esa noche de París lanzó un rayo en línea recta hasta mi hombro izquierdo para despedirse de mí. Nada más llegar a Madrid, me he sumergido en la relectura de Bouvard y Pécuchet con la sombra de Zaya vigilando cada una de esas páginas que me actualizan a Flaubert como uno de los más grandes novelistas universales. Recuerdo que en una de nuestras discusiones terribles, cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados, le hice ver que de las novelas de Flaubert la mejor, sin duda, era Madame Bovary. «No voy a discutir contigo, pero a mí me gusta más Bouvard y Pécuchet... Reléela para que veas», me dijo, lleno de vida, casi iracundo, tal como era al hablar de sus pasiones literarias.
Foto tomada por mí desde el balcón de la casa.
Firmas Por J. J. Armas Marcelo.
29 de septiembre de 2007 -
Como hacía un calor de treinta y tres grados, el Boulevard Bourdon estaba absolutamente desierto.» Así comienza Bouvard y Pécuchet, la novela de Flaubert publicada en 1881, un año después de su muerte en Croisset. Y allí, delante del banco en el que hablan los dos protagonistas flaubertianos en la novela, estábamos esa noche de París Ricardo Vega, Zoé Valdés, Anne-Marie Vallat y yo mismo. Habíamos estado cenando en el exclusivo 1728, restaurante que fue la casa de Lafayette, a la espalda del Elíseo, en la Rue d? Anjou, y nos despedíamos delante mismo del lugar donde vive el matrimonio Vega-Valdés. De repente, mientras hablábamos en esa noche tranquila de París, sentí que me tocaban por detrás, suavemente, en el hombro izquierdo. Me inquieté, y miré hacia atrás para ver quién me saludaba en París a esas horas bien entradas de la noche. No encontré a nadie, pero seguía sintiendo el recuerdo en el hombro izquierdo. «Yo también lo vi», dijo Ricardo Vega, «...como una línea muy suave que vino del cielo...», añadió.
Me sonreí, pero inmediatamente Zoé Valdés dio la primera solución literaria al enigmático saludo de lo invisible. «Es Flaubert, J. J., te tocó Flaubert, ten en cuenta que aquí mismo (y señaló el banco cercano) comienza Bouvard y Pécuchet.» Me fui muy contento esa noche a mi hotel del nuevo Chinatown parisino, por encima de la Place d?Italy, pero a media mañana del día siguiente, mi hermana me llamó desde Canarias para darme la mala noticia: Antonio Zaya había muerto en un hospital de Gerano. «¿Cuándo murió?», pregunté apesadumbrado. «Ayer por la noche», me contestó mi hermana. Y entonces me di cuenta de que el saludo de Flaubert la noche anterior era más bien la despedida de Antonio Zaya, que me avisaba de su muerte a escasos dos metros de una geografía flaubertiana tan literaria.
«¡No me ataquen, que somos dos!», proclamaba Antonio Zaya en plena juventud, cuando alguna polémica cultural amenazaba con llevárselo por delante. En efecto, eran dos, gemelos, gimaguas, casi exactos, Antonio y Octavio. Por eso, cuando eran niños revoltosos que se convirtieron muy pronto en jóvenes anarcoides y llenos de inquietud intelectual, los llamaba Zipi y Zape todo el mundo en la Universidad de La Laguna. Antonio se quedó entre Canarias y la Península, como un vagabundo de las islas, y Octavio se fue, hace más de un cuarto de siglo, a Nueva York, donde reside desde entonces.
De Antonio Zaya recuerdo tantas cosas que a veces he pensado en hacer sobre su personalidad un relato corto que tradujera su gusto por el surrealismo y por la provocación constante. Como Peter Pan, nunca se hizo mayor porque no le dio la gana y siguió viviendo en la viñeta de una libertad que le permitía carcajearse a mandíbula errante cada vez que le venía en gana. Durante un tiempo, viajó a Cuba y terminó por «hacerse santo», anduvo implacablemente vestido de blanco por cualquier lugar que visitaba y lo miraba todo con la distancia de quien intuye que no va a durar mucho en este mundo. De modo que su vida estuvo siempre guiada por el motor de la modernidad, al borde del abismo de la muerte, con la que coqueteó voluntariamente cuando apenas era un adolescente.
Tenía, estoy convencido, un ángel de la guarda que lo salvaba de todos los peligros en los que se metía por pura diversión, el mismo ángel que, exhausto, se lo habrá llevado al firmamento desde donde esa noche de París lanzó un rayo en línea recta hasta mi hombro izquierdo para despedirse de mí. Nada más llegar a Madrid, me he sumergido en la relectura de Bouvard y Pécuchet con la sombra de Zaya vigilando cada una de esas páginas que me actualizan a Flaubert como uno de los más grandes novelistas universales. Recuerdo que en una de nuestras discusiones terribles, cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados, le hice ver que de las novelas de Flaubert la mejor, sin duda, era Madame Bovary. «No voy a discutir contigo, pero a mí me gusta más Bouvard y Pécuchet... Reléela para que veas», me dijo, lleno de vida, casi iracundo, tal como era al hablar de sus pasiones literarias.
Foto tomada por mí desde el balcón de la casa.
