LA DIVINA PASTORA.
Zoé Valdés.
En un mes de viaje en automóvil con mi familia por España estuvimos en el Certamen de Habaneras de Torrevieja, de ahí seguimos a un pequeño pueblecito de Andalucía, entre Almuñécar y Motril, las dos ciudades grandes cercanas son Málaga y Granada. La Herradura, así se llama, está situado entre dos montañas, la playa es de chinas pelonas y se halla escoltada por ellas. Sus casas son blancas, el puerto es diminuto, el olor del pescado fresco frito sube hasta los balcones y terrazas desde los chiringuitos instalados en la orilla. Cada día hacemos algo muy diferente del anterior: una visita a la Alhambra, cuatro mil personas se disputan a diario una entrada para entrar en esta amurallada ciudad monumento, las entradas son casi imposible de conseguir, pero gracias a una señora que tiene una boutique compramos una carísima visita guiada. Después, la casa de Federico García Lorca, en la huerta de San Vicente, allí donde escribió Yerma. Otro día nos vamos a la feria o romería de Motril, y otro a la de Málaga.
Margarita y Jorge Camacho, pintor cubano él, y ella también pintora, ya casi más cubana que española, nos habían invitado a su casa en El Rocío, fue una invitación hecha en París. Los Camacho ayudaron a Reinaldo Arenas a editar sus libros fuera de Cuba, intentaron sacarlo de Cuba, antes de que cayera preso, orquestaron una campaña internacional para que el mundo supiera que se hallaba en prisión. No cesan de dedicar su empeño en publicar a Reinaldo Arenas. En invierno volvieron a su casa en París, me trajeron un video de una gran artista almonteña, Pepa Faraco, y me hablaron con devoción de La Divina Pastora, de la virgen del Rocío. Margarita nos dijo a Ricardo y a mí: “Tenéis que venir, en agosto sale la virgen del Rocío para Almonte, es una peregrinación nocturna, la llevan vestida de pastora, y esto sólo ocurre cada siete años. No quiero contarles más para que descubran por ustedes mismos”. No hay que confundir una romería con lo que es la procesión de la Divina Pastora. Esto es lo más grande con lo más chiquito.
El 18 de agosto llegamos a El Rocío, a la hermosa residencia de los Camacho. El Rocío es un pueblo también blanco, no hay calles, las casas están enclavadas en medio de un arenal, de un mar retirado hace siglos. Como dicen por allí, “esto es una marisma y nosotros somos marismeros” No hacen falta calles, es un sitio para caballos, los animales son de una belleza salvaje a hincarse de rodillas, delante de cada casa están los arreaderos para amarrar a las bestias. Un pueblo del lejano oeste, digo. No, me rectifican, el lejano oeste surgió de aquí. La arena sube por las piernas, se introduce en las botas altas, te unta el rostro, flota una luz opalina, una atmósfera nacarada.
En cada casa se preparan los festejos de la víspera, las hermandades ha venido de todos los sitios de Andalucía y de España entera. Las bandejas de jamón, de quesos, de camarones, paellas gigantes, exquisitos manjares. Vino tinto, tinto de verano, cerveza, y un néctar de los dioses, o mejor dicho, de ella, de la virgen del Rocío, de la diosa, la manzanilla, que no tiene nada que ver con la manzanilla que conocemos los cubanos. De sólo probarlo me volví manzanillera y rociera al instante:
Al caer la tarde nos vamos a la iglesia, a ver a la Señora, como la llaman aquí, a la virgen del Rocío. La iglesia no puede estar más rebosante de gente, miles de personas merodean por los alrededores y dentro hay cientos. Por fin me encuentro frente a ella, y mi cuerpo se estremece, me erizo. Es preciosa. Si me resulta casi imposible describir la belleza de su rostro, peor lo tengo para archivar los comentarios de quienes vienen a admirarla vestida de pastora. Tiene la cara muy blanca, la mirada hacia abajo, la barbilla en gesto de agradecimiento, emana una luz hechizante, entre sus manos lleva al niño, que llora. A los rocieros no les gusta que se le vaya su virgen. Se la llevarán a la iglesia de Almonte, allí se quedará por seis meses, la traerán de vuelta en el mes de mayo, pero esta segunda procesión es diurna. Una mujer junto a mí le comenta a otra: “Pobrecilla, tiene ojeras”. Otra responde: “Está paliducha, ha adelgazao”. Una más allá le grita, mirando a la santa como si hablara con una vecina: “¡Rocío, chiquilla, guapetona!” Lo profano roza lo sagrado, como en Cuba, sólo que aquí hay libertad.
El camino son 15 kilómetros a pie, por los arenales húmedos, encharcados. “Hay que tener fe para hacerlo”, me dicen. La gente le da vivas una y otra vez. En la procesión antes de cenar, encabezada por los curas y el alcalde, los hombres sacan arcabuces y trabucos. Tiros al aire. Juan Villa, un novelista que ha escrito una novela que transcurre en Doñana, en la época franquista, me entrega su arcabuz. Disparo cuatro veces al aire, y le pido a la Divina Pastora en voz baja mi mayor deseo, mi secreto.
Nos vamos a casa del pintor Diego Luis, magníficas sus vírgenes. Ambiente familiar que me recuerda los buenos tiempos cubanos. Su mujer y sus hijos harán el camino, sus rostros resplandecen de sinceridad. La cantante flamenca Tina Pavón nos acompaña, una mujer que posee una voz de morirse. Nadie duerme, la fiesta durará dos días, hasta que se la trasladen a Almonte. Después el pueblo queda callado, desierto. Los trabucazos y los arcabuzazos no paran, sólo un instante al amanecer, luego continúan. Le preguntamos a una muchacha si hará el camino: “A la Señora no la podemos dejar sola con tantos hombres”.
Al día siguiente, en la iglesia, el ambiente es de frenesí, la cera de los cirios chorrean hacia el exterior, en río hirviente. En la misa se cantan sevillanas, seguidillas, los rostros sonríen alborotados. Ahí está ella, todavía más bella que ayer, y sin embargo nadie la ha retocado. Le comento a Margarita: “Hoy está más sonriente”. Y me contesta: “Ya caíste en el embrujo rociero”. Pues sí. Muchachas y muchachos trotan a caballo. Los hombres apuntan al cielo, disparan, la pólvora te cae en el pelo, se te cuela en la nariz, los fogonazos encandilan. Hago la pregunta que no se debe hacer, ¿a qué hora la sacan? La camarista, la señora que se ocupa de vestirla, la única que puede tocarla, Ana Morales, me responde que eso nunca se sabe. Nadie lo sabe. La casa de la camarista está llena de gente, vienen a ver si pueden llevarse un trocito de vestido de la virgen, pero la camarista no se lo da a cualquiera. Ana Morales es una mujer silenciosa, los ojos enrojecidos de tantas noches de desvelo. Es la única que habla con la virgen. Dicen que cuando la virgen se va, ella cae en cama durante cuatro meses, enferma de tristeza. Margarita me presenta, ella se pierde por la puerta de su cuarto, regresa con un sobrecito, dentro hay unos trocitos de tela, ¡del traje de la santa!
Nadie sabe a qué hora sacarán a la Blanca Paloma, como también la llaman. Los hombres esperan a sus pies, ansiosos, sufrientes, dominados. Hay una relación de conquista amorosa, de rapto erótico, entre ellos y su novia. Los extranjeros no pueden tocarla. Juan Carlos y Mari Ángeles, rocieros de pura cepa, me cuentan que todo depende de un signo misterioso. ¡Si el rostro de la virgen se ruboriza allí irán ellos a rescatarla! Es la razón por la que están todos ahí, a sus pies, sudados, en trance, los ojos vidriosos, enamorados. A una señal, siempre súbita, los hombres saltan la reja, y se apoderan de ella, la sacan de la iglesia a pasearla por todo el pueblo. Ella sale cuando ella quiere, a ella la sacan cuando ella lo pide, ella manda. Ella va por donde ella quiera.
La hermandad de Huelva se pone a bailar sevillanas, una niña de alrededor de quince años baila como una salación, descalza, le gritan ¡guapa, guapa, guapa, bonita, bonita, bonita! ¡Y no tiene novio! Exclama el padre, un tremendo bailaor. De súbito, campanas, la gente corre hacia la iglesia en grupos dispersos, el polvo sube, y los comentarios: “¡Rocío, no te vayas, mi alma! ¡Viva la Blanca Paloma!”
La virgen vuela, parece que baila en andas, una marea de rostros sumergidos en el placer volcados a sus pies. Los hombres van de un lado a otro, en un baile inusitado, un bamboleo rústico, y al mismo tiempo elegante. El trayecto no es recto, ella avanza y retrocede, porque ella es la que lo ordena. Llevarla es como penetrarla, ¿o es ella quien penetra? La relación es totalmente orgásmica. Al salir de debajo de la Divina Pastora me pregunto si cada uno de ellos no habrá tenido un orgasmo, las pupilas dilatadas, la sofocación y el mareo los propulsan a la marea humana. Los padres acercan a los bebes para que le toquen el manto, los recién nacidos pasan de mano en mano, algunas niñas vestidas de flamencas. Llanto, risas, reclamos. “Usted ya puede ponerse debajo, ya usted es de nosotros” Le dice un señor a Jorge Camacho, los ojos llenos de lágrimas.
Una vez en la glorieta, la camarista sube a colocarle el pañito en la cara, un velo, una manta de aldeana y un capuchón. En la glorieta la esperan decenas de hombres, embrujados, sólo la camarista puede sacarlos de allí, empujarlos, incluso sacan al cura. Ella, la virgen del Rocío, sube en andas: “¡Viva la virgen del Rocío! ¡Guapa, guapa, guapa! ¡Viva la Blanca Paloma!” Miles de personas, se estima que este año vinieron 800 mil, le rezan a coro, le cantan, le susurran. La camarista inicia el ritual de vestirla. Al amanecer, Ana Morales, que ha hecho el camino, le quita el capuchón, allá en Almonte, con el primer rayito de sol le quitará ella misma el velo de la cara, los hombres esperan este momento con una vehemencia de amantes. El velo puede tener la inconsciente significación del himen. Los rostros destilan euforia, pasión, llueven los pétalos de rosas de los balcones de Almonte. La Divina Pastora va y viene, el público abarrotado la rodea. No hay un solo incidente desagradable. Desde el alba la gente la sigue, finalmente entra en la iglesia a las 12 menos veinte. En el atrio la esperan cientos de hombres, toscos, apuestos, unos machos de apaga y huye. Son quienes la colocarán en el altar. Y ahí se deja llevar la santa, sin embargo, es ella quien lo pide, es siempre ella quien manda. Ana Morales nos da a besar el capuchón a Margarita y a mí, un auténtico honor. Una almonteña exhibe a su perrita disfrazada de andaluza.
Los festejos continúan, nos retiramos por una calle estrecha. Pido ir de nuevo, como hice ya una vez, a la plaza donde está el célebre retrato de Gertrudis Gómez de Avellaneda, allí vivió ella, La enamorada de Almonte, como firmaba, amante de uno de los hombres más ricos del pueblo, de su Cepeda, que nunca la quiso. Todavía los descendientes de Cepeda viven. De ella quedan sus palabras, y esa imagen, con su vestido amarillo, semejante a una Oschún pensativa.
Pasamos por casa de Pepa Faraco, sus padres y sus hermanos nos reciben con mucho cariño. Pepa Faraco es una tremenda cantante de bolero flamenco. Ojalá un día podamos verla en Café Nostalgia. Su dulzura es la dulzura de una virgen. Con perdón de la Divina Pastora, que como ella no hay dos.
Agosto, 2005.