París: La ira suburbana.
Zoé Valdés.
Salgo a las cinco en punto de la exposición sobre Viena en el Grand Palais, a un costado del museo hay una comisaría, aparcados tres carros militares, pululan policías armados hasta los dientes. A esa hora coger un taxi es más difícil que viajar al cosmos. Por fin agarro uno, pido que me lleve a Bobigny, o a Seine-Saint-Denis, Cliché-sur-Bois, La Courneuve, Noisy-le-Sec, o Aulnay-sur-Bois, (la mayoría con alcaldías de izquierdas) pregunta si bromeo, ningún taxi me conducirá a esos sitios candentes, bajo riesgo de perder el automóvil, o la vida. Ni loco, niega. Decido ir en moto.
Las rebeliones que se producen desde hace diez días, cada noche, en diferentes suburbios parisinos, dieron el saldo hasta el domingo 6 de diciembre de 1295 vehículos incendiados, 345 personas arrestadas, aún no se pueden calcular los daños materiales, quema de concesionarios, de comercios, de una comisaría, de una escuela maternal; extendido el fenómeno a varias ciudades francesas.
Todo comenzó cuando un agente de policía pidió identificación a tres jóvenes que merodeaban una central de gas y de electricidad de Francia; los jóvenes se dieron a la fuga y saltaron una valla introduciéndose en el edificio. El policía se subió a un contenedor de basura y no los vio, “no irán lejos”, dijo a su compañero. Un tercer policía distinguió a otros jóvenes desde la valla, pero en dirección opuesta, los confundió con los primeros. Resultado: Los tres jóvenes africanos se refugiaron dentro de un generador en mal estado, dos perecieron electrocutados, el tercer joven está grave. Se abrió un caso judicial, las familias de los jóvenes denunciaron a la policía por “no asistencia a personas en peligro”.
Rápidamente se propaló lo ocurrido, las bandas de la periferia iniciaron un aquelarre de incendios, enfrentamientos armados, y destrucción de comercios. La policía pidió ayuda al Ministerio del Interior, argumentaban que no daban abasto, necesitaban a los CRS, brigadas especiales. El Ministro del Interior, Nicolás Sarkozy intervino en la televisión, cometió el error de llamar por su nombre a las pandillas: “escoria” y “granujas”. En política no se usan estos términos, pero en realidad lo son. Algunos barrios de la periferia, convertidos en guetos, desatendidos por los políticos, todos de izquierda, y dirigidos por mediadores, que en ciertos casos, hacen el doble discurso, o sea cuentan una cosa a las autoridades, y de otro lado, poco hacen en contra de las arengas al odio.
¿Existen pandilleros, bandas, traficantes de drogas, delincuentes, violadores, profanadores de cementerios, maltratadores de mujeres, racistas de toda índole, raciales, sexistas, religiosos, y políticos? Los hay, por supuesto, pero los políticos no han querido verlos. Permitieron entrar en Francia a una gran cantidad de emigrantes, los instalaron en estos barrios, muchos de ellos no hablan francés, reciben innumerables ayudas, mientras más hijos más ayudas, allocations familiales, más desempleo, más tal o pascual ayuda. Las ayudas son beneficiosas, pero tienen el doble filo de que permiten a una parte de esa población que viva una dependencia paternalista del estado. Los hijos de estos emigrantes, nacidos aquí, se han acostumbrado demasiado al paternalismo estatal, se dedican a delinquir porque es la vía más rápida. Que no digan que no hay trabajo para ellos, cuando voy a una tienda me atiende una árabe, en el famoso restorán Pizza Pino casi todos los camareros son árabes, la escuela pública recibe a todos por igual. No sobra el empleo, pero para algunos es más fácil vivir del negocio. Que quede claro, no hablo de los inmigrantes honestos, quienes más bien sufren del acorralamiento constante de una mafia suburbana que ha comprendido que en Francia todo se puede manipular virando la tortilla.
¿Cómo se vira una tortilla francesa? Los partidos de izquierda, y los erosionadores de siempre, opinan de que el origen de las rebeliones de los suburbios, fueron las palabras de Sarkozy. Falso. Ya hay quienes hablan de un mayo del '68 en las afueras. Ridículo. A estos jóvenes no los mueve ninguna ideología, los mueve el odio, la delincuencia que existe desde los años '80. La película que mejor reflejó esta crispación social fue La Haine de Matthieu Kassovitz. Aunque no debemos descartar que a partir de ahora, puedan empezar a ser manipulados por ideólogos, por religiosos, para encender aún más la llama de la ira colectiva. La culpa la tienen tanto la izquierda como la derecha.
Llego en moto a La Courneuve, ni una sola mujer por todo aquello. Al cabo de dar vueltas por calles desiertas, comercios cerrados, sólo una farmacia abierta, advierto varios carros atestados de policías. El olor a quemado inunda la atmósfera, ha oscurecido muy rápido. Conocí gente que ha vivido en estas banlieues, argelinos, cubanos, latinoamericanos, muy trabajadores. Evolucionaron rápido, salieron de las cités, como se les llama, y se mudaron al centro de París o a otras ciudades de Francia, aprendieron el idioma (los argelinos lo hablan) y se integraron con cierta facilidad. Los edificios son modestos, modelos HLM, pero están en buen estado, y tienen las comodidades necesarias. Varios de estos inmuebles han sido destrozados, quemados, por la “escoria”.
Diviso a dos mujeres, cerradas en burkas negras, recuerdo que faltan dos días para que finalice el Ramadán, caminan apresuradas, miran al suelo, me rehuyen. Me intrinco en una calle, siempre en la moto, paso dos mezquitas, en plena prière, o sea en uso de la oración. Dos jóvenes me estudian con caras de pocos amigos, se dan cuenta de que no soy del barrio, uno de ellos sujeta de una cuerda a un pitsbull, perro de pelea. Continúo, asisto a la salida de las mezquitas, cuento dos más tres salones de oraciones, en cada esquina hay grupos de jóvenes, vestidos la mayoría con sus trajes musulmanes, faldas blancas, chaquetas, sombreros blancos, conversan entre ellos apaciblemente.
Me detengo, con ánimos de preguntarle sobre lo que viene sucediendo, advierto a otro grupo, avanzan con toda rapidez hacia nosotros, (me acompaña Ricardo Vega, cineasta cubano) los rasgos tensos, es evidente que no nos quieren en su zona, percibieron la cámara colgada de mi mano. Uno de ellos corre hacia nosotros. Nos alejamos a toda velocidad, sólo me da tiempo de fotografiar a un grupo de hombres que intercambian impresiones, tranquilos.
Encuentro a otros policías, pregunto cómo creen que pasará la noche: “Nunca se sabe, no somos optimistas”. Ricardo hace una foto, uno de los policías aconseja que no saque la cámara en esos barrios, resulta peligroso, ya hubo un muerto. Explico que hago un reportaje para Yo Dona, El Mundo, España. “Estoy abonado”. Comenta en perfecto español. Nos dirigimos a un puente, hago otra foto de un poste. Escucho lo que parece gomas de autos que estallan. Al día siguiente me entero por el periódico: “Tiroteo en La Courneuve”.
Jean-Claude Irvoas murió por incumplir la regla de los pandilleros: En las cités ni se filma ni se fotografía. El jueves, 27 de octubre, alrededor de las cuatro de la tarde, en Seine-Saint-Denis, este hombre de 56 años, empleado de una sociedad de iluminación pública, llevaba la tarea de fotografiar los viejos reverberos de París situados en infinidad de esquinas, el trabajo debía enriquecer un catálogo que preparaba su empresa. Iba acompañado de su mujer y de su hija de 16 años, quienes decidieron quedarse dentro del automóvil; él se acerca al poste, hace la foto. Lo ocurrido después fue grabado por una de las cámaras instaladas por la ciudad. Es asaltado por tres encapuchados que lo apuñalan, una puñalada mortal en la cabeza, lo empujan detrás de un árbol. Reculan, regresan, lo patean. Escapan. La esposa, sale del auto, su marido agoniza. Varias noches más tarde, una mujer, impedida física, por nada muere achicharrada dentro de un bus incendiado. El chofer se percata de que dentro de su vehículo ha quedado atrapada una persona, entra en el carro en llamas, y logra salvarla.
A la altura de la entrada de Seine-Saint-Denis consigo hablar con una joven, no quiere ser fotografiada, tampoco desea que su nombre aparezca: “La gente honesta, los trabajadores, los estudiantes, tenemos miedo, no podemos abrir la boca, esta gente está armada”. ¿Tiene que ver con la mafia? Pregunto. “¿Qué si tiene que ver con la mafia? Por aquí hay cités que son auténticos mercados de la droga, encuentras de todo: hachís, heroína, crack, cristal...” Nadie puede con eso, ni la policía, repite en voz baja: Demasiado tiempo aislados en estos guetos, donde la economía radica en el tráfico y el vandalismo; Sarkozy no es culpable –añade-, pero tampoco tenía que tratarnos a todo el mundo por igual, de “escoria”, de “granujas”. Se refería a los culpables, explico. Sí, pero no lo aclaró. La gente se lo ha tomado muy en serio, es lo peor, porque ya nadie oye a los políticos, incluso actualmente si se interesaran por defenderlos, no están preparados para oírlos. ¿La pobreza es el origen? Varios afirman que sí, otros que no, muchos son trabajadores humildes, viven decentemente, y no destruyen lo que les ha ofrecido este país. “En definitiva esta es nuestra casa ahora, nuestro país, ¿por qué lo vamos a destruir?” Confiesa una maestra de escuela. La entiendo, soy extranjera, obtuve la nacionalidad española antes que la francesa. Ahora ya soy francesa, pasaron 11 años antes que lo consiguiera, entre los muchos documentos que me pidieron se encontraban los antecedentes penales de Cuba, para mí no era tarea fácil. He podido vivir de mi trabajo, jamás he pedido una ayuda social. Quiero a Francia como quiero a Cuba, como quiero a España.
Zoé Valdés.








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