EL HOMBRE PROFUNDO.
Zoé Valdés.
CAPÍTULO II.
La vida me obligó a sentirme uno más entre tantos héroes de pacotilla, un criminal de a tres por kilo. En este mundo, sobre todo en este país, cualquiera que venga y se tire un peo contra la primera berracá es un héroe, mientras más criminal más héroe. Mi madre estaba orgullosa de mí. Mi madre fue una amante fabulosa. Su sexo era jugo puro.
“Me refiero al poder, Simón; P-O-D-E-R, con mayúsculas, ¿cómo no conseguiste un cargo político, una función ministerial, un puesto que elevara tus facultades, que hiciera de ti un hombre de primera clase? Un Very Important Person del comunismo. ¡Ja, ja, jo, jo, jí. Jí!" . Mi madre era una mierda, un día quiso ocupar mi puesto de cronista en una gaceta, y estuve seis meses sin mirarla. La muy mierdita.
Mi conciencia se ríe muy feo, semejante a mi madre: Bizqueaba, la boca estirada, de pronto se le encogía como si fuera plastilina, los dientes postizos se le tambaleaban; legañeaba babeándose sobre el abombado pecho descotado.
Con mi madre aprendí, sin que ella se propusiera enseñármelo, a vivir de las mujeres, a aprovecharme de ellas, a utilizarlas. A servirme de todas, cogía a una, de amiga, claro; a las que mejor y con más ponzoña chulée fueron siempre a las que hice creer que eran mis amigas. Las seducía, les jalaba la leva; y luego que las exprimía empezaba a desquitarme de su amistad, a insultarlas públicamente; luego cogía a la próxima que me iba a servir para mis planes y proyectos, y la enfrentaba contra la otra. Haciendo el mal, créanme, me he divertido mucho.
Aquella noche de mi aniversario leía un libro sobre mecánica cuántica sentado encima de una duna de sal incrustada encima de la orilla cundida de dientes de perro. Santa Cruz es una playa cochambrosa, contaminada de residuos dejados por barcos petroleros. Mi compañía era una botella de ron de dudosa calidad. Al mismo tiempo que leía andaba ensimismado en esas boberías de la gloria personal cuando divisé a lo lejos; medio escondida detrás de la arboleda de un promontorio sobresaliente al mar, a una mujer vestida con rara indumentaria. Llevaba un saco de yute con tres huecos para introducir la cabeza y los brazos, típico uniforme de mujer castigada. Maniobraba con rapidez una soga que de un tiro lanzó a lo alto de una sólida rama; la punta dio la vuelta y ella la atrapó, dispuesta preparó un lazo.
¿Un lazo? Espera. De inmediato analicé la situación: es raro una mujer castigada que prepara una cuerda debajo de un árbol. Sin pensarlo dos veces corrí hacia ella para salvarla. Yo, que jamás experimento el instinto de salvar a nadie.
No fue fácil llegar a su encuentro debido al enmarañamiento de los arbustos, para colmo desgarraban mis piernas las agudas y penetrantes espigas de henequenes. Por mis tobillos corrían hilillos de sangre. Debí demorar unos quince minutos, no más. Iba repitiéndome en letanía: “Simón, prepárate para darte banquete con el espectáculo, porque la tipa de seguro guindó el piojo.” El cosquilleo me invadió el estómago, qué delicia ver a un muerto. Antes de desapartar los últimos matojos de hierbajos que me separaban del cuerpo escuché sollozos mezclados con maldiciones. Por fin me topé con su presencia, viva. Agazapada esperaba por mí, en acecho como una vulgar suicida.
Las pisadas sobre la salitrosa maleza delataron mi brusca irrupción. Sus ojos enrojecidos a causa de la ira más que a consecuencia del llanto se clavaron en los míos. Los labios le supuraban pus de un salpullido; ella se mordisqueaba ese lado de la boca constantemente, proporcionándose un extraño placer agónico. Era más o menos graciosa, quizás contaba unos treinta y cinco años. No era una belleza, nada del otro mundo.
Pensé en cuestión de segundos que ella tenía razón, no merecía estar viva.
-Oiga, ¿qué estaba haciendo hace un rato? Vi desde allí abajo que intentaba matarse- dije por decir algo.
-¡Comemierda! –y me dio la espalda agachándose.
-Lo siento, no quiero molestarla; pero desde yo estaba parecía que andaba en trámites de ahorcarse. Ah, y no insulte, usted no sabe quién soy yo.
Ella se volteó de un golpe y me lanzó un puñado de piedras en pleno rostro.
-¡Vete a singar! –al tiempo que se me encimó arañándome el cuello, costó un buen esfuerzo desenganchármela de arriba; de un puñetazo rodó por tierra.
Detesto golpear sin motivos contundentes, mucho menos a las personas desvalidas, y menos a las mujeres indefensas. Del golpe al crimen no hay más que un paso. Y si bien el crimen me apasiona, el abuso me deprime. Aunque ejecutar lo uno o lo otro no era de mi interés precisamente el día de mi aniversario. Ella, sin embargo, seguía en su ajetreo furioso. Las mujeres intranquilas me sacan de quicio.
Tomó la soga y azotó mi cuerpo lo que le dio la gana, la dejé hacer un buen rato. El pellejo se me encapotó en verdugones. Lo gocé; algo de masoquismo borboteó en mi cerebro. Me imaginé cagando en su cara. Atrapé el improvisado látigo y de un halón la atraje hacia mí. Cayó en mis brazos. Su boca cercana a la mía, sus ojos acuchillando los míos. No la besé, aunque no me faltaron ganas; inclusive bajé la vista para enseguida liberarla. No besé sus labios porque percibí su sudor gélido, y sentí asco. Ella se dejó caer de rodillas; pegó su cara al suelo, con el cráneo barrenó la humedad del terreno. Lloraba avergonzada, batallando por penetrar en la tierra, ansiando enterrarse para no sentirse nunca más observada.
-¡Ay, no sé qué hacer, no sé, matarme o no!- lamentó escarbando muy duro, muy preciso, en el centro del agujero.
-¿Problemas maritales?- Sentado junto a ella me atreví a tutearla, intentando averiguar el origen de su desesperación. Siempre trato de meterme primero en los asuntos íntimos, de este modo se gana un tiempo enorme.
Ella negó sin erguir la cabeza, su frente abrió un hoyo de tamaño considerable, hasta que tropezó con un seboruco. Se golpeó contra la piedra, dijo ay, coño, y miró delante el chorro rojo que fluía de la herida. Saqué mi pañuelo. Siempre llevo unos terrones de azúcar, para cuando me entra debilidad. Los desmoroné en el hueco abierto a raíz del cabello. La herida era hermosa, el azúcar actuó como coagulante. Su rostro volvió a brillar a corta distancia del mío. Presumí que sería más joven, veintisiete años.
-Hablar relaja, cuéntame lo que te ocurrió.
-Nada –respondió menos fierecilla y más domada- Estupideces –vaciló- Hace algunos años conocí a un hombre profundo... –hundió nuevamente su cara en el hueco.
-Bueno, desde hace unos minutos somos dos en tu vida –reí irónico, jactándome de brillante.
Foto: Hermán Puig.
(Continuará...)