Algún día escribiré la novela del París que viví en los años '80, será una larga narración que comprenderá desde aquella primera época hasta la que he vivido todos estos años de mi exilio definitivo. Entre el primer período y el segundo hay una gran diferencia. Esa novela se titulará París era una rumba, y no tendré que aclarar que con ese título hago referencia a París era una fiesta de Ernest Hemingway, por la sencilla razón de que cualquier persona mínimamente culta o informada sabrá que me refiero a la célebre novela de Hemingway. Lo mismo que hice con un pequeño texto que introduje en el disco que grabé con Café Nostalgia, y con actores cubanos, lo que constituyó la primera banda sonora de un libro en el mundo, el disco se tituló como la novela, Te di la vida entera. El texto que escribí, lleva el título Escrito bailando, en castellano, lo que dio en la traducción Écrit en dansant (traducción de Lilianne Hasson). El título de ese texto era una cita evidente a la traducción del título de la novela de Severo Sarduy De dónde son los cantantes (Écrit en dansant. Título original, De dónde son los cantantes, Paris, 1967 ; Barcelone, 1980), traduit de l'espagnol par Etienne Cabillon, Claude Esteban et l'auteur. [Paris], Éditions du Seuil, 1967, 208 pages ; 1997, 15.40 ¤).
De dónde son los cantantes es una novela que leí en Hamburgo, en casa del profesor Martin Franzbach, quien me invitó a hacer una gira de tres meses por toda Alemania, visité numerosas ciudades y universidades alemanas en el año 1986, gracias a este hombre a quien he vuelto a ver y que era muy amigo de Manuel Pereira, a quien invitaba desde luego como el escritor principal. En su casa también leí Retrato de familia con Fidel de Carlos Franqui. En la época yo vivía en París, y era la esposa de este brillante escritor, a quien habían convertido pasajeramente en un funcionario de la UNESCO.
A mi regreso de Alemania, estaba invitada como cada año a leer poemas en el evento Poètes sans Frontières, que es el antecedente del Printemps de poètes de hoy. Una noche Elisabeth Burgos me invitó a cenar con unos amigos venezolanos, entre los amigos estaba un joven poeta, Gustavo Guerrero, quien me habló de su amistad con Severo Sarduy, y me dijo que teníamos que conocernos. Le respondí que encantada, aún sabiendo que encontrar a Severo Sarduy me podría ocasionar graves problemas con la Seguridad de la Embajada Cubana; mismo si yo trabajaba en la UNESCO, la seguridad vigilaba a todos los funcionarios por igual. Gustavo me dijo que Severo y yo estábamos programados para leer juntos en la UNESCO en el contexto del Festival de Poesía. Me alegré interiormente, porque de alguna manera el encuentro lo provocaba la poesía. Finalmente el día de la lectura, Severo no quiso leer conmigo, prefirió hacerlo otro día. Entonces leí con Alba de Céspedes, ya éramos amigas.
Pero al salir del recinto de Fontenoy, del edificio principal de la UNESCO, Severo estaba esperándome, se me acercó, me dio su teléfono, y me dijo que lo llamara para vernos. Nos vimos, nos vimos a escondidas en múltiples ocasiones. Cuando le pregunté por qué no había querido leer conmigo aquella mañana, me dijo que no quería causarme problemas políticos, a lo que le contesté que no me habría causado más problemas que el de yo intentar que mis poemas estuviesen a su altura. Sonrió y sus ojos se achinaron traviesos.
A partir de ahí nos veíamos con frecuencia en el café de la esquina de la Maison de la Radio, él trabajaba en Radio France Internacional, muy temprano en la mañana, antes de que él entrara en su estudio y yo me fuera a mi oficinita de la rue Miollis, allí él se lucía rodeado de los Novíssimes, los nuevos filósofos franceses, todos jóvenes y bellísimos, disertaban sobre Heidegger, era la época en que estaban a la moda las discusiones permanentes sobre Heidegger. Gracias a Severo leí todo Heidegger. Una mañana me tocó por el hombro y me dijo: “Vamos a hacer una locura ahora mismo, vamos a mi estudio que te voy a entrevistar”. No fue una entrevista en directo, fue de hecho mi primera entrevista radial, mi primera entrevista tout court, en la que inclusive me dejó leer poemas. Esa cinta me la entregó Gustavo Guerrero muchos años después, ya Severo había fallecido, me entregó la cinta, que conservo, y que no he podido jamás escuchar porque no poseo la tecnología para sacar el contenido de la cinta.
Un mediodía Severo me llamó y me pidió que nos encontráramos esa misma tarde. Nos encontramos, él estaba muy nervioso, conversábamos en su auto. Me dijo que conocía a los funcionarios de la UNESCO que habían sido mis maridos, yo me había divorciado para ese entonces de MP y me había casado con José Antonio González, lo que me asombró muchísimo porque yo no lo sabía por boca de ellos, de que veían a Severo. Ambos habían sido amigos de una mexicana que era íntima suya. Pero ese no era el motivo de su nerviosismo. Armando Hart en personal lo había invitado a ir a Cuba con todos los honores, y él no sabía qué hacer, me pidió consejos. Le dije: “Haz lo que te dicte tu corazón, no puedo aconsejarte en eso; pero yo, dada tu posición, no echaría toda una vida por la ventana, por ir una semana a que me utilicen en Cuba, y a que luego te boten como un trapo”. Severo me respondió que le daba miedo decir que no y que tomaran represalias contra su hermana, y que al mismo tiempo era una tentación muy fuerte para él. Volví a repetirle, haz lo que te dicte tu corazón; me apretó la mano: “Es la respuesta que esperaba de una poeta”. Musitó.
Él no fue a Cuba, yo regresé en el 1988. Pepe Antonio murió en un trágico accidente de avión en el '89. En el año 1991 regresé a París, invitada por la Maison de l'Amérique Latine a un Encuentro de Escritoras Latinoamericanas. Le traía un pequeño presente a Severo Sarduy, un cassette grabado en un concierto de Carlos Varela, uno de sus primeros conciertos cuando todavía era un cantautor contestatario. Me dijo por teléfono que estaba muy malito, que no podía ver a nadie. Fue muy simpático, me preguntó si tenía marido, le dije que no, y me contestó: ”cuando tengas otro me mandas una foto, porque tú sabes que yo siempre me he enamorado de todos tus maridos”. Le dejé el cassette con Elizabeth Burgos o con Anne Husson, directora de programación de la Maison de la Amérique Latine, y amiga mía desde hace muchos años, no recuerdo bien.
En aquellos años de París, yo hacía muchas actividades clandestinas extras para ganarme unos francos, a veces bailaba encima de una tarima en un cabaretucho de mala muerte, lo que hizo también en la clandestinidad la pintora Zaida del Río. Me pagaban cien francos la hora, correcto para la época. Severo vino a verme una noche, se moría de la risa de que yo fuera esposa de diplomático de día y rumbera de noche. Esa noche salimos a caminar juntos, le pregunté que por qué había traducido De dónde son los cantantes como Écrit en dansant, respondió que el título original sonaba mal, de la misma manera que después, mucho tiempo después, mi título El dolor del dólar sonó mal en español y tuve que cambiarlo por Te di la vida entera, y luego este título en español perdía enormemente en la traducción, resultada un título cheísimo, y en francés sonó mejor el que fue realmente el original, La douleur du dólar. Severo además añadió: “Pero esa novela más que escrita bailando, la escribí templando”. Y nos reímos como dos niños chino-mulatos. Años más tarde quise hacerle un homenaje a Severo dándole a mi texto en español, el que acompañaría el disco el título de Escrito templando, una “mala sombra” del momento me aconsejó que lo cambiara, y decidí ponerle Escrito bailando, en alusión evidente a la traducción del título de De dónde son los cantantes, que a su vez Severo toma de una canción popular cubana, la aclaración sobraba, porque para los conocedores sería y es obvio el homenaje a Severo.
Severo siempre decía que a nosotros nos había unido el espíritu de una monja mexicana, yo le respondía que el de Sor Juana Inés de la Cruz, quien para la época fue una escritora muy soez, desde luego para la Santa Inquisición, como también seguramente para algunos escribanos de clausura de hoy en día.
En la foto con mi traje de rumbera ocasional de la época. Foto hecha por Pepe Horta.




